¿Cuántas veces has escuchado que en la fecundación el espermatozoide, como si fuera una especie de superhéroe, supera toda una carrera de obstáculos hasta llegar al óvulo, que se limita a esperar? La historia del espermatozoide como viajero conquistador en la fecundación es uno de esos “cuentos” que nos sabemos de memoria. Pero ojo, porque es un mito. 

El mito biológico

La realidad es que el espermatozoide no es autosuficiente en este proceso, colabora entre sí con el resto de espermatozoides y navegan en conjunto realizando un movimiento espiral hasta dar con el óvulo, aquí lo explican en Maldita Ciencia. De hecho, este proceso tampoco es una tarea exclusiva del espermatozoide. El aparato reproductor femenino facilita su llegada desde el primer momento y el óvulo emite señales químicas para atraerles por el tracto reproductivo. Pero más allá del mito biológico, ¿cómo afecta a las mujeres la imagen de que los espermatozoides sean los personajes activos de esta historia y los óvulos, los pasivos? 

El espermatozoide “ganador” no es un príncipe  y el óvulo tampoco es una princesa que le espera “en el palacio”

En Maldito Feminismo hemos preguntado a varias investigadoras y científicas en el campo de la salud con perspectiva de género y todas han coincidido en la lectura obligada del artículo de Emily Martin, “El óvulo y el espermatozoide: de cómo la ciencia ha construido un romance perfecto basado en estereotipos de género”, del que se puede extraer que el papel de los óvulos (o sea, de las mujeres) está invisibilizado.

Martin apunta en su artículo que los hechos en biología se construyen en términos culturales. O sea, los estereotipos culturales del comportamiento masculino y femenino se trasladan al carácter del óvulo y del espermatozoide convirtiendo este proceso de fecundación en una metáfora de “cuento de hadas”: el espermatozoide "ganador" es el príncipe y el óvulo, que espera "en el palacio", la princesa. 

Este cuento que todos tenemos en mente tiene un único protagonista, el espermatozoide, que es presentado como la figura central a partir de la cual la reproducción sucede. Así, “el papel que tanto óvulos como sistema reproductor femenino tienen en la generación del embrión, quedan relegados a segundo plano”, explica la socióloga de la Universidad Complutense de Madrid, Sara Lafuente, en este artículo. Según estas explicaciones, “los espermatozoides encarnan la masculinidad hegemónica, presentados como aguerridos luchadores capaces de conquistar tierra prometida a través de penetrar al óvulo”. 

En realidad, “es una visión sesgada porque no tiene en cuenta el ciclo menstrual y tampoco se cuenta el recorrido previo del óvulo”, explica a Maldita.es la antropóloga de la Universidad de Sevilla Alicia Botello. “Martin defiende que gran parte de la lectura científica actual está sesgada por el género y que ese sesgo se ha arraigado en nuestro lenguaje como la metáfora del óvulo y los espermatozoides”, continúa. “Al espermatozoide se le relaciona con la fuerza, la valentía, la rapidez, el valor, la acción…”. En cambio, al óvulo con “la espera y la pasividad”, coincide con Lafuente. 

Pese a que han pasado más de 20 años desde que Emily Martin publicó el artículo sobre el óvulo y los espermatozoides del que estamos hablando (cuya traducción puedes encontrar aquí), los valores del modelo hegemónico masculino y femenino tradicional se mantienen a la hora de explicar la fecundación. La reproducción tiende a explicarse a través de una visión masculinizada del espermatozoide y, por ello, se hace hincapié en la dependencia del óvulo sobre el espermatozoide al que necesita para “su rescate”.

Sin embargo, las investigaciones más recientes que comenta la autora, en las que el óvulo deja esa actuación pasiva en la que solo se limita a esperar para tener un papel mayor, ponen de manifiesto otro estereotipo: el del óvulo como una “femme fatale, peligrosa y agresiva, que victimiza a los hombres”. O sea, aunque los científicos especializados en el tema comenzaron a describir el proceso del óvulo y el espermatozoide en términos diferentes, estos no fueron “menos dañinos” para la mujer.  

En términos generales, “los sesgos de género en la literatura científica están relacionados con el androcentrismo en la ciencia y perpetúan la desigualdad de género”, apostilla Botello. Y el de la fecundación no es el único. Por ejemplo, algo similar ocurre con la menstruación. “La idea general es de suciedad, de pérdida… No se ve como algo fisiológico y neutro. Los comentarios negativos por parte de la sociedad, relacionados con esta idea, canalizan sentimientos de inseguridad y vergüenza que llevan a guardar silencio en muchas ocasiones”, cuenta. 

Botello tiene claro que este tipo de mitos se combaten con “información de calidad sobre todos los aspectos relacionados con la salud sexual y reproductiva”. Para eliminar los estereotipos de género “es muy importante construir materiales y desarrollar estrategias comunicativas y pedagógicas abordando los aspectos sociales, culturales, ambientales y biológicos” que cuestionen los valores hegemónicos masculinos y femeninos tradicionales que han estado presentes durante tanto tiempo. 

Primera fecha de publicación de este artículo: 05/07/2020